Conforme vaya escribiendo, iré subrayando los dibujos que me han tocado y con los que he tenido que hacer el cuento.

Érase una vez un bandido que venía de saquear el banco del pueblo e iba caminando hacia la montaña donde se encontraba su escondite y en el cual ocultaba todos los botínes. Sin embargo, antes de llegar, la lluvia le sorprendió y se tuvo que refugiar debajo de una pagoda hasta que dejara de llover.
Bajo la pagoda, sentado y aburrido de estar allí, decidió investigar qué había allí, a ver sí así podía robar algo y, afortunadamente, encontró un cuentakilómetros.
Él no sabía para qué servía aquello pero aun así se lo metió en los bolsillos y aprovechó que la lluvia daba tregua para salir hacia su cueva.
Desafortunadamente, este bandido no sabía que el cuentakilómetros era mágico y él que lo llevaba encima se convertiría en un animal diferente cada vez que estuviera haciendo algo malo.
El bandido, ajeno a esto, volvió a bajar al pueblo, esta vez a robar algo de pan; cuando entró en la panadería, el cuentakilómetros se activó y se convirtió en una serpiente, la panadera gritó y la serpiente reptó hasta el exterior mientras los habitantes corrían despavoridos, la serpiente escapó hasta la cueva y en ella se volvió a convertir en bandido.
No se podía creer lo sucedido pero, aun así, a la mañana siguiente volvió al pueblo a la pastelería; esta vez tenía ganas de un pastel de chocolate con fresas y cerezas, así que, decidido, entró y en cuanto puso la mano en el pastel, el cuentakilómetros se activó de nuevo y se convirtió en elefante.
La gente asustada chillaba y corría de un lado a otro y el bandido convertido en elefante huyó hacía su escondite.
Desde aquel día, nunca más se supo del bandido ni de los extraños animales que por aquellos días visitaban el pueblo, lo curioso es que una urraca se posó encima de la pagoda desde que desapareció el bandido, unos dicen que es el bandido que protege el cuentakilómetros, otros que el cuentakilómetros se lo tragó.
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